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Arcos de la Frontera, en el interior
de la Sierra Gaditana, es una de las contadas ciudades elevadas a la categoría
de mágicas por su triple condición: aérea, porque sus altos campanarios y
los rojos tejados árabes parecen besar el cielo; terrestre, con su acantilado
fluvial de vértigo, sobre roca viva; y acuática, pues le bañan dulcemente las
frescas y cristalinas aguas del Guadalete, espejo natural en el que esta bella
ciudad se mira cada mañana. Pero si impresionante es su marco exterior, el
interior sorprende quizá aún más por su intimismo y riqueza
monumental...

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SON
INNUMERABLES los escritores, poetas, filósofos y
pintores que, a lo largo de los tiempos, han venido a Arcos en
busca de inspiración y energía vital para su creatividad.
Azorín no dudó en calificarlo como el pueblo más bonito de
España. En su laberinto de calles, plazuelas y patios, la cal y
las sombras, las nubes y las rejas, el aire y las fuentes completan un
oasis cósmico para quienes tienen la dicha de vivir, o visitar, este
paraíso.
Arcos domina el fértil valle del Guadalete. Pese a
hallarse encaramada en la cima de un elevado acantilado fluvial, la
ciudad antigua -la que interesa al viajero- se halla adosada, a través de
sus empinadas calles y puertas fortificadas, con la moderna.
Mientras, por sus miradores se asoma al caprichoso valle creado caprichosamente
por el Guadalete, redondeando su imagen de plataforma entre el cielo, la
tierra y el agua.
Aromas de la Inquisición
BAJO ESA capa de cal
y piedra y esa luz que lo inunda todo, late una ciudad marcada por
los vestigios de la medieval Inquisición, cuando -en la Plaza del
Cabildo, corazón del barrio antiguo- se alzaban graderíos para celebrar
tediosos autos de fe y condenas de herejes (judíos o
moriscos en su mayoría), que eran seguidamente conducidos, ataviados con el
humillante sambenito, hasta el Cerro de la Horca, al norte de la
ciudad, y allí quemados vivos o en efigie en muchos casos.
La iglesia de Santa María de la Asunción, su edificio
religioso más emblemático, se asoma a esta plaza. El templo fue antes
Mezquita Mayor de la ciudad andalusí; basílica visigótica y aun
templo romano… Un lugar "sagrado" en la antigüedad que ha continuado
siéndolo con el paso de los siglos y de los credos religiosos. Frente a la
portada occidental, en el pavimento del atrio, puede admirarse un extraño
círculo de piedra, compuesto por doce dovelas blancas que alternan con
otras de color rojo; en este espacio se introducía al neófito -judío o morisco-
para ser exorcizado antes de administrarle el sacramento del bautismo (el
círculo ha perdido, con el tiempo, la imagen del ojo de Dios Padre que lucía en
su centro). Y las campanas, en lo alto de la torre barroca, fueron calificadas
por Pascual Madoz como "las mejores de Andalucía".
La oficina de turismo, el castillo, el ayuntamiento y el
Parador asoman también sus fachadas a esta plaza, desde la que el viajero puede
asomarse a un privilegiado mirador con la mejor panorámica de Arcos, una
de las más espectaculares de nuestro país, y rememorar -con el Guadalete al
fondo- la batalla en la que, en 711, cayera derrotado el último
rey visigodo, cambiando literalmente la historia de al-Andalus.
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Laberinto urbano
AQUÍ SE abre la "ciudad
mágica". Bajo los elevados arcos que delimitan la estrechez de
las calles, pacientemente encaladas cada año, aparece la ciudad antigua. La
Calle del Paraíso lleva, paradójicamente, a la Cárcel Real, convertida en
1642 en Convento de las Mercedarias Descalzas. En su interior, las
tétricas mazmorras que, a diferencia de otros edificios penitenciarios, se
hallan en el piso superior: en su fachada sobre la Calle Boticas se
colocaban, hasta mediados del XIX, las cabezas de los ejecutados por el Santo
Oficio.
Al lado, la iglesia de los Padres Jesuitas (de 1767),
inconclusa a causa del edicto real de expulsión de la Orden por Carlos
III y el arranque de la Calle Maldonado, una de las más fotogénicas
de Arcos, con el Teatro Olivares Veas y la visión, sobre los tejados
árabes, de las arcadas y campanarios de Santa María y de San
Pedro. |
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Este último templo es magnífico testimonio del gótico
(s. XIV), luego rematado por los artistas barrocos (s. XVIII). En su
interior destaca el retablo mayor, flanqueado por dos vitrinas que contienen en
malla plateada los cuerpos incorruptos de los santos Víctor y
Fructuoso, traídos de Roma en 1769.
En esta zona, según las crónicas, se hallaba la judería
de Arcos, desaparecida bajo los vandálicos asaltos que fomentó el pogrom
de 1391. La sinagoga estaba en el lugar que hoy ocupa la capilla gótica
de La Misericordia, en cuyo interior destaca una artística bóveda
con estrellas de cinco puntas pintadas con el color verde de la Inquisición...
La Cuesta del Socorro nos lleva a otro mirador de gran belleza y, por la
Calle Cadenas, siempre en descenso, encontramos la evocación a Pío
Baroja, otro de los ilustres asiduos a Arcos de la Frontera. Ponemos punto
final a esta gira urbana en la íntima Plaza del Cananeo, donde fijara su
residencia el Inquisidor General.
Una larga y apasionante historia
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ARCOS
DE la Frontera cuenta con más de
tres milenios de historia documentada; es, pues, una de las poblaciones
más antiguas de Europa. Sus orígenes se remontan a la Edad del
Bronce, aunque como núcleo urbanizado su antecedente es la colonia
Arcensis, una agradable villa romana de la que se conservan
algunos elegantes mosaicos y tumbas. En el cercano Cerro del Moro (Sierra de
Aznar), disponía de un complejo sistema hidráulico con canalizaciones que
garantizaban el suministro de agua potable. Los árabes vencieron allí a
los visigodos de Don |
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Rodrigo, en la Batalla de
Guadalete (711) y los hispano-musulmanes no tardaron en bautizarla
como Arkosch, que llegaría a ser plaza influyente de la cora
(provincia) de Sidonia, constituyendo incluso, efímeramente, un pequeño
reino de taifas en el s. XI y remontándose su conquista cristiana (1264)
a tiempos de Alfonso X "el Sabio". Durante el XVI, Arcos ve alzarse en el
corazón de su casco medieval imponentes palacios, elegantes y robustas
iglesias, callados conventos… y una atmósfera de temor inspirada
por la Inquisición. En 1706, Felipe V le concede los títulos de
Noble y Fidelísima y, ya en 1962, su barrio antiguo es
declarado conjunto monumental histórico-artístico, siendo actualmente
candidata, con todo merecimiento, a su nominación como Patrimonio de la
Humanidad por la UNESCO.
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